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RELATOS. Clases de calculo
Posteado por: Miércoles, 30 de Abril de 2008 , Fecha: Lesbiano Cachondo

RELATOS. Clases de calculo
Morena, de ojos café oscuro, cabello largo y negro, una sonrisa fresca y seductora, y un culo perfecto. Así es ella. Esa mujer que con su mirada profunda y el aroma de su piel desata mis deseos más oscuros. Fue con ella que realmente descubrí los placeres de la carne.

Estaba a punto de reprobar el ramo de cálculo y me vi en la obligación de buscar ayuda para pasar el examen final. Una chica de un par de cursos superiores ofrecía clases particulares en el panel de avisos de la universidad por un precio razonable. Anoté su número de celular y su nombre... Francisca. Quedamos de juntarnos en su apartamento el viernes después de clases. Llegué a su puerta con mi usual impuntualidad y toqué el timbre. Abrió una morena de pelo largo, un poco ondulado, ojos café oscuro y mirada penetrante.

-Soy Andrea – dije tímidamente – vengo por las clases de cálculo -Llegas tarde – dijo escudriñándome con la mirada, pero con una sonrisa tan misteriosa como acogedora me invitó a entrar a su apartamento.

Entre libros, lápices y cuadernos estudiamos toda la tarde y me explicó una y otra vez aquellos ejercicios que jamás había logrado resolver antes. Una vez que terminamos de estudiar saqué mi billetera y comencé a buscar el dinero.

-Déjalo, luego me pagas- dijo Francisca, y me preguntó si prefería ron o vodka.

Le di las gracias, pero le dije que se hacía tarde y debía irme, pero insistió tanto que terminé bebiendo un vodka naranja junto a ella. Al cabo de un par de tragos y unos cigarrillos noté que no me quitaba los ojos de encima. En un principio pensé que era mi imaginación, pero luego su mirada se hizo demasiado evidente. Dejó el vaso a un lado y en un silencio abrumador me observaba mientras fumaba. Me puse muy nerviosa y le dije que me iba mientras le entregaba el dinero.

-Guárdalo. No es así como me vas a pagar.

Me quedé atónita y algo asustada... no podía creer que estaba siendo acosada por una mujer. Mientras aún trataba de salir de mi asombro ella apagó su cigarrillo, se paró lentamente y tomándome con una mano por la cintura y la otra por la nuca, me besó en los labios.

Fue un beso tan dulce, tan perfecto, que ya nada importó. Olvidé donde estaba, olvidé el tiempo, olvidé que ella era mujer y yo también, olvidé los límites de la sexualidad, y me dejé llevar. Tras ese simple, pero mágico beso, me convertí en su esclava. No sé si fue el trago, el asombro, ella, la curiosidad, o una mezcla de todo aquello, pero seguí al pie de la letra todo lo que me ordenó.

Comenzó a recorrer mi cuerpo por sobre mi ropa. Bajó su mano por mis pechos, pasando por mi cintura y agarró mis nalgas. Luego jugó con una mano entre mis muslos hasta apoyar toda su palma en mi pubis.

-Desvístete – dijo sentándose en el sillón.

Me quité la blusa sin poder separar mi mirada de sus ojos. Seguí con el pantalón. Tímidamente me quité el corpiño y cubriendo mis senos con mis brazos me quedé mirándola de pie.

-Siéntate – me ordenó, y así lo hice sin dejar de cubrirme los senos.

-Abre las piernas – dijo -Mete tu mano en tu calzón – fui obedeciendo lentamente cada una de sus órdenes.

-Mastúrbate.

Al pasar mis dedos por mi vulva noté que mis labios estaban separados y húmedos. Con la otra mano comencé a jugar con mis pezones que estaban erectos. De pronto se paró y me dijo:

– No te detengas, vuelvo enseguida. Seguí jugando con mi clítoris. Estaba fuera de mí, pero paré de súbito cuando la vi venir vestida de látex negro. Estaba enfrente de una verdadera dominatriz. Pero a pesar del miedo algo en ella me cautivaba. Se paró frente a mí y se amarró un strap-on. Aquel pene de juguete tenía marcadas hasta las venas más pequeñas. Luego tomó una lata de crema espesa y roció el falo plást
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ico con ella.

-¡Lámelo! – y al decir esto me empujó la cabeza hacia aquel miembro obligándome a lamerlo.

-¡Cómetelo! – me tomó por el pelo obligándome a llevar el ritmo mientras metía y sacaba la verga de mi boca.
Luego se detuvo, me tomó de la mano y me pidió que la acompañara. Me llevó a su pieza, me tomó por detrás, y besando mi cuello comenzó a bajar mis bragas.

-¡En cuatro, perra! – me empujó contra la cama y obedecí.

Pasó su lengua alrededor de mi ano haciendo círculos hasta llegar al centro de mi orificio. Luego me penetró un poco con la lengua. Cuando se aseguró de dejar mi ano bien húmedo empezó a acariciarlo con la verga que aún tenía amarrada a su pubis.

-¡Dime que lo quieres por atrás, perra! – me dijo Francisca. Yo me quedé callada y me dio una nalgada. Gemí y volvió a insistir con más fuerza: -¡Dime que lo quieres por atrás! -¡No! – respondí. Me dio una nalgada más fuerte, y luego otra más.

-¡Por atrás! – Me rendí – métemelo por atrás.

-Ahora tienes que pedir por favor – dijo.

-Méteme la verga por atrás, ¡por favor! – grité.
Sentí como me introducía esa polla por mi recto mientras me jalaba del cabello simulando galoparme.

-¿Te gusta putita? – Preguntaba mientras me penetraba – ¿te gusta como te rompo el ano?

Yo me limitaba a gemir mientras sentía como mi cuerpo sudaba. De pronto sacó bruscamente el juguete de mi agujero. Mientras se quitaba el strap-on yo caí de bruces sobre el colchón sin más fuerzas en los brazos. Luego Francisca me giró y se puso sobre mí. Tomó mis brazos por las muñecas, los levantó por sobre mi cabeza y me esposó a la cama. Se desvistió de la cintura para abajo. Sus labios besaron los míos y su lengua buscó la mía. Recorrió con su boca mis orejas, mi cuello, mis hombros y se detuvo un largo rato en mis tetas, mordisqueando mis pezones, mamándolos, lamiéndolos, chupándolos.

Bajó después por mi vientre, jugó con mi ombligo hasta llegar a mi pubis. Lamió mis pendejos y tiró de ellos con sus dientes. Finalmente le dio una gran lamida a mi vagina, desde la concha hasta el clítoris y volvió a subir por mi cuerpo. Comenzó a frotar su pubis contra el mío. Nuestros clítoris se endurecieron aún más producto del roce. Mi respiración se intensificaba y mis gemidos también. Metió un dedo en mi coño y al tiempo que metía el segundo me decía al oído: -Tienes todo el conejo mojado... Yo sabía que detrás de esa fachada de niña estudiosa se escondía una putita lesbiana.
Sus palabras me excitaron más.

Entonces se paró y sacó del armario otro de sus juguetes. Era un consolador doble, con un glande en cada punta. Levantó mis piernas, las puso sobre sus hombros y metió sin cuidado una punta del consolador en mi zorrita. Luego se encajó la otra punta en la suya. Apoyándose de espaldas en sus piernas y brazos comenzó un balanceo con la pelvis logrando el movimiento perfecto del juguete dentro de nuestros choros y la fricción constante de nuestros clítoris. Ambas comenzamos a gemir y mover nuestras caderas cada vez más fuerte.

-¡Me voy! ¡Me voy! – grité. Y de pronto sentí nuestros fluidos mezclarse.

Rápidamente Francisca se levantó apartando el consolador y puso su coño aún empapado sobre mi cara para que yo pudiera probar esa combinación de fluidos. Después me desató y nos fundimos en besos y abrazos. Ahora cuando me encuentro con la Fran en la universidad no puedo evitar sonrojarme... pero eso no quiere decir que de vez en cuando no pase por su apartamento, toqué el timbre con mi habitual impuntualidad y le pida algunas “clases particulares”.

 

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